Se considera que el introductor del gótico en la pintura navarra fue Juan Oliver (Johannes Oliveri), autor de la gran pintura mural del Refectorio de la Catedral de Pamplona. Hoy la pintura está trasladada al Museo de Navarra, en la misma Pamplona.
Está organizada como un gran retablo y se estructura en tres diferentes pisos con escenas de la vida y pasión de Cristo. En el centro aparece la Crucifixión. Las figuras, cuyo tamaño es la mitad del natural, con posturas incluso exageradamente retorcidas (es destacable la de la Virgen en el Calvario), nos hablan ya del patetismo y la tensión del XIV; aunque en general prevalece lo bello sobre lo dramático. Esta cronología se corresponde con la expresividad de sus cabezas, la sensibilidad plástica de los pliegues de los ropajes, o las arquerías trilobuladas de arcos apuntados que rematan las escenas.

En la predela están los escudos de la Casa Real de Navarra, el del obispo que construyó el refectorio, Arnaldo de Barbazán, el de Gastón II, conde de Foix-Bearn y el del arcediano Miguel Sánchez Asiaín. En loos laterales, a manera de «guardapolvo», hay profetas con filacterias que nos muestran su identidad. La leyenda, escrita en caracteres góticos, enmarca las escenas nos da el nombre de la persona que encargó la obra (Juan Périz de Estella), del autor, y también la fecha (1330).

La técnica empleada es mixta, con una preparación al fresco y terminada al seco. En el ámbito del gótico lineal, donde el color juega un papel secundario frente a la línea del dibujo, estas pinturas se han relacionado con las del crucero de la abadía de Westminster, o con las miniaturas inglesas de esta época. Su alta calidad sitúa a su autor entre los grandes pintores góticos hispanos.