Juni recibe en 1540 el encargo del franciscano fray Antonio de Guevara, cronista de Carlos V y obispo de Mondoñedo, de realizar un retablo para presidir su capilla funeraria en el convento de San Francisco de Valladolid, hoy desparecido. Hoy solamente se conserva el grupo escultórico que presidía el retablo. Se compone de siete figuras. La principal, Cristo muerto, articula la disposición de las seis restantes que se distribuyen simétricamente en un esquema del más puro clasicismo, de tal forma que el movimiento y actitud de una figura es contrarrestado en el lugar opuesto por otra similar. La figura de Cristo descansa sobre un sarcófago adornado con los escudos de fray Antonio. Cristo tiene un cuerpo y cabeza majestuosos. La policromía (tonos violáceos, sangre cuajada y negruzca indicando la duración del suplicio...) y las manos (rotas y descoyuntadas) que llevan el mayor peso expresivo, transmiten por sí solas todo el horror de la muerte. El resto de los personajes se aplican en amortajar el cuerpo retirando espinas, limpiando heridas, perfumando el cuerpo... mientras expresan su reacción ante esta muerte. La Virgen presenta desconsolada sus brazos al Hijo siendo suavemente contenida por San Juan. A nuestra izquierda, Salomé y José de Arimatea (dirigiéndose al espectador para obligarle a salir de su pasividad ante la escena) muestran unos rostros desfigurados, decrépitos y blandos, fruto de un profundo sufrimiento físico y moral. A nuestra derecha, María Magdalena, la figura más delicada del conjunto, transmite su dolor con un movimiento de torbellino, en el que participan sus abundantes ropajes, mientras Nicodemo eleva una agónica suplica al cielo. Juan de Juni  logra plasmar en esta obra el sentir espiritual de la época. El dolor, la aflicción, el sufrimiento, que por influencia del pensamiento místico se consideran caminos para llegar a Dios, se materializan en un lenguaje de características muy personales. Para transmitir estos sentimientos se vale de un movimiento violento, de torsión, que estremece a sus figuras y denuncia la suprema angustia de ánimo que lo provoca. Sus expresiones, de dolor reconcentrado y ausente, junto con sus fuertes manos de gestos teatrales, dan rienda suelta a toda la emoción interna. La excelente calidad de la talla se complementa en sus obras con una magnífica policromía de estofado, de elegante colorido y variada decoración.
El retablo estaba compuesto por un frente de yeserías y un amplio nicho rematado en la parte superior con una gran venera, a modo de cascarón, que cobijaba la escena del Santo Entierro. El frente estaba formado por un basamento y dos cuerpos, con columnas pareadas a cada lado de ellos, dos soldados de yeso en los intercolumnios del primer cuerpo y dos ventanas al fondo del nicho por donde asomaban soldados vigilantes.
Cristo presenta un cuerpo y una cabeza majestuosos, con su policromía de tonos violáceos, con sangre cuajada y negruzca indicando la duración del suplicio, etc.

José de Arimatea está a la izquierda con una rodilla clavada en tierra. Representa un hombre maduro y sin barba. Luce un rico turbante con una joya sobre la frente y calza polainas con aberturas, con el cuerpo envuelto por varias prendas, destacando el rico manto decorado con estofados abundantes en oro, que se pliega diagonalmente y que deja asomar retazos de una camisa blanca. La figura gira su tronco hacia el espectador. La mano izquierda la acerca a la cabeza de Cristo. Muestra una de las espinas sacadas de la cabeza de Cristo.

A la derecha, delante de la Magdalena, está Nicodemo. Es un hombre maduro y barbado que en su mano derecha levanta un paño con el que ha limpiado el cuerpo a Cristo en su preparación para el entierro: Con la izquierda sujeta un ánfora con ungüentos. Viste una camisa cerrada por un broche a la altura del cuello y un juego de vestimentas superpuestas que forman pliegues muy clásicos. Calza borceguíes a la romana ajustados con cintas a los tobillos.

A la derecha está María Magdalena, de pie, con la cabeza inclinada hacia los pies de Cristo. Tiene el brazo izquierdo levantado con el tarro de perfumes y el derecho hacia abajo, con los dedos envueltos entre un pañuelo que acerca con delicadeza a los pies de Jesús. Tiene el rostro de una mujer joven de gran belleza. Viste con un sugerente vestido cuyos plegados sugieren la textura de la seda y un rico tocado de tres capas en el que destaca un turbante dorado con una joya al frente. La policromía de la figura es exuberante, con una riqueza de dorados espectacular.

María Salomé sujeta la corona de espinas que sostiene sobre la cinta utilizada en el descendimiento que cuelga de su hombro. En su mano levantada sostiene el paño con el que ha limpiado a Cristo. Tiene el rostro de una mujer madura, con facciones muy marcadas y lágrimas en las mejillas. Como tocado luce con un elegante juego de paños superpuesto. La túnica presenta labores de estofado preciosistas.