La mujer está presente en casi todas las obras de Delvaux, sin apenas variaciones, casi siempre desnuda, callada, como ausente y evitando cualquier gesto. Es una mezcla o síntesis de la Eva carnal y la Virgen. El clima, el ambiente, se crea con el decorado, utilizando anacronismos que contribuyen a la intemporalidad y la atemporalidad.
Su técnica, casi académica, contrasta con su afición por los temas misteriosos y por la plasmación de un mundo onírico y personal en el que la mujer se configura como un ser arcano, a veces sometido a metamorfosis vegetales, en una atmósfera inquietante marcada por un cierto erotismo
Esta obra, Pigmalión, es una obra clave en la pintura de Delvaux. Pertenece al período de pleno desarrollo de su estilo próximo al surrealismo. Pigmalión era un rey de Chipre que se enamoró de una estatua de Afrodita. La cultura romana (Ovidio, en su Metamorfosis) reelaboró el mito griego: Pigmalión era un escultor que fabricó una estatua de marfil en la que representaba su ideal de mujer y que se enamoró de su propia creación. La diosa Venus –la equivalente latina de la griega Afrodita- dio vida a la estatua atendiendo a las plegarias de Pigmalión. Delvaux invierte los personajes de esta historia: la mujer se convierte en escultora y también en madre, mientras que la estatua recoge un autorretrato del propio Delvaux cuando era adolescente.
La técnica de Delvaux es precisa y seca. Su academicismo, voluntariamente anacrónico, acentúa por su falsa ingenuidad el erotismo latente en sus obras. En ellas se representan cuerpos femeninos estereotipados, mudos y estáticos dentro de un marco estrictamente definido, al que a veces se añade una penumbra misteriosa e inquietante, un hombre vestido (tal vez el doble del artista) que les ignora o les mira impasible.